
Más de una vez, nos sentamos angustiados, hasta que alguien cercano a nosotros logra sacarnos una palabra, y ahí empezamos a desahogar. Pero después de poner toda nuestra angustia en un par de palabras, viene el sermón de nuestro par, que va a tratar de ayudarnos. Nosotros le volvemos a explicar, que no es tan fácil, que no es así como nos dice, que él o ella no entienden lo que se siente, que no saben, que no, que no y que no. Hasta que en un punto, nos resignamos, determinamos que el otro nunca nos va a entender, y empezamos a escuchar su eterno sermón, mientras por dentro no vemos la hora de que termine, y pensamos en todo lo que le responderíamos si tuviéramos ganas de seguir hablando o discutiéndolo, pero no. Nos quedamos callados simulando escuchar o reflexionar con respecto a los que nos dice, hasta que solo escuchamos "bla, bla y más bla". Pero nuestro par, en cierto punto, tiene razón. Comprende de qué le estamos hablando en la mayoría de los casos, pero somos nosotros los que no podemos entender ni aceptar lo que dice, porque no lo vemos desde SU punto de vista: el racional. Claro, si los sentimientos y la angustia fueran racionales, ¿quién no podría resolver sus problemas? Pero justamente, estas sensaciones son las que nos hacen cerrarnos y negarnos, y no nos dejan ver. Porque para nosotros existe solo UN PUNTO DE VISTA: El nuestro, en el que estamos parados. Nos sentimos incomprendidos y solo esperamos dormir un rato y olvidarnos de la angustia que nos agarró, para retomar el ritmo habitual de nuestra vida. Esperamos, que con el tiempo se diluyan esos pensamientos que nos molestaban, y desaparezcan. Así, pasamos el resto de nuestra vida, juntando un peso más para cargar en la mochila que llevamos en la espalda: nuestra historia.
Yo, como todos, estuve sentada en los dos lugares. Sufrí y fui aconsejada, como también aconsejé a quien estaba sufriendo. Pero existió un punto de inflexión en este tema, que fue el que me llevó a escribir todo esto: Pude sentir las dos cosas a la vez. Pude sentirme angustiada e incomprendida mientras le daba un sermón a alguien. Pude percibir el momento en que ese alguien dejó de escuchar y se resignó a creer que yo nunca iba a entender lo que se siente. Y todo esto, me llevó a dos cosas: Por un lado preguntarme si existe alguna forma REAL y eficiente de llegar a las personas, aunque sea a algunas particulares, y cómo, o si simplemente tenemos que escuchar y respetar los sufrimientos, limitarnos a acompañarlos y aceptar que sólo quien los sufre es quién puede hacer algo al respecto. Si no somos profesionales, ¿pueden nuestros sermones incentivar a alguien y ayudarlo a cambiar lo que no le gusta? Y por otro lado, a grabar este momento para que en un futuro, cuando yo me sienta angustiada y alguien venga a escuchar, aprender a ESCUCHAR realmente al otro, y tratar de absorber aunque sea algún punto de su discurso, y partir de él para poder pararme en OTRO PUNTO DE VISTA.
Entonces hoy, escuchando a otro, crecí yo. Y mañana, cuando yo esté efectivamente en el lugar del otro, voy a poder valorar y prestar atención a lo que ese otro tenga para decirme. Finalmente, todo se trata de conciencia. En este caso, es la conciencia que tomé cuando percibí que mis palabras no estaban siendo escuchadas, que me hizo empezar a escucharme a mi misma, y empezar a poder ponerme en el lugar del otro. Todos los consejos y opiniones son válidas y vale la pena escucharlos, porque se basan en el punto de vista personal y particular de cada uno, y llevan detrás, la historia de cada uno. El punto está en encontrar ALGO en el discurso del otro que nos toque o nos haga sentir identificados, y tomar ESO como su consejo, partiendo de ahí para enfocarnos en nosotros mismos.
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